
Del bautizo de Juan al bautizo de Jesús
El capítulo 3 del Evangelio de Mateo comienza describiéndonos cómo es Juan, el bautista, y cómo es su labor en el Jordán. Juan bautizaba con agua, como señal de arrepentimiento, pero anunciaba que vendría otro después de él a bautizar en Espíritu Santo y fuego. Juan se remitía a preparar el camino para que Jesús fuera recibido y, con Él, la plenitud del Dios trinitario.
Los versículos que contemplamos hoy nos refieren propiamente al bautizo de Jesús. Primeramente, nos hablan de un desplazamiento de Jesús entre dos lugares geográficos: de Galilea al Jordán. Galilea era su tierra natal, donde se encontraba su casa, y donde después se desarrollaría gran parte de su misión. El Jordán era, en ese momento, un lugar de conversión, en cuya ribera Juan proclamaba la proximidad del Mesías. También el Jordán como puerta del desierto a donde Jesús se retiraría a prepararse para vivir y proclamar la Buena Nueva.
Este salir de su casa terrenal, del seno de su familia consanguínea, lo sitúa en la opción por vivir el Reino en la Tierra. Y este hecho genera una epifanía, una manifestación de la gloria de Dios. Justo al salir de las aguas del río, el Cielo se abre y se siente la presencia de Dios Padre y del Espíritu Santo. Se pone de manifiesto la pertenencia de Jesús a una familia que va más allá de lo consanguíneo: Jesús es hijo de Dios y esta relación filial de Amor hace perceptible la presencia del Espíritu Santo.
Del arrepentimiento de las aguas bautismales a la conversión del Reino de Dios representado por el fuego que transforma. De la individualidad de salvarme yo, a la colectividad de salvarnos en comunión con las y los demás. Comunión que se hace visible en la simultaneidad de la presencia del Padre como esa voz que viene del Cielo, Jesús que emerge de las aguas y el Espíritu Santo que desciende como paloma. Dios es plural, multívoco, comunidad de afectos. Dios es un nosotros/as: donde hay dos o más personas reunidas en su nombre.
En esta escena del bautizo, Juan se resiste porque sabe que Jesús es aquel de quien tanto ha predicado. ¿Qué querrá decir ese: «Por ahora, déjalo así, porque conviene que cumplamos toda justicia»? Jesús quiere pasar desapercibido y no ser él quien da testimonio sobre sí. Después de bautizado es el Padre quien abre los Cielos para decir: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco.» Esta escena nos remite de alguna forma al Génesis, donde el Cielo y la Tierra coexistían en unidad, donde el Espíritu de Dios planeaba sobre las aguas, donde en el comienzo ya existía la Palabra.
Después de este bautizo impartido por Juan, Jesús se retira al desierto y al volver comienza a propagar la Buena Nueva, a anunciar el Reino de Dios, a traer el fuego. Jesús bautiza con su palabra y su testimonio encendiendo los corazones de aquellos que deciden libremente seguirlo. Es así como Jesús bautiza, sumergiendo a las personas en el Reino de Dios.
Javier Bustamante





