
El Domingo de Ramos es la entrada triunfal de Jesús, pero no desde el punto de vista humano. Que un rey no llegue en caballo de guerra, sino en humilde burro ya dice mucho. La misma gente que hoy lo aclama, en pocos días, cambiará de opinión. Su fidelidad es frágil, como en ocasiones lo es la de cada uno de nosotros.
A veces nos ilusionamos rápido, esperamos mucho y, cuando la realidad no coincide con nuestras expectativas, nos desinflamos igual de rápido. Si se busca a un “Jesús a medida”, que resuelva, que brille, que encaje en nuestros planes, nos desmotivaremos rápido. Jesús entra en burro y propone un camino más silencioso y exigente.
La grandeza de este día está en ese contraste: mientras todos esperan poder, Él elige sencillez; mientras buscan espectáculo, Él ofrece entrega. Y no cambia su forma de ser para agradar. Permanece fiel.
Tal vez la invitación más profunda es sencilla, pero incómoda: revisar nuestra coherencia. No solo cómo aplaudimos en los momentos bonitos, sino cómo permanecemos cuando el camino se vuelve menos atractivo.
Porque al final, el Domingo de Ramos no va solo de recibir a Jesús con palmas, sino de decidir si seguimos caminando con Él cuando ya no hay vítores ni aplausos.
En la última cena, Jesús no da un discurso complicado: se da a sí mismo. Pan partido, vino compartido. Es un gesto sencillo, humilde, pequeño, donde se queda para nosotros, en el pan, hasta el final. Ama, incluso sabiendo que será traicionado, negado, abandonado. Ama sin condiciones.
“Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” no es falta de fe, sino una fe que atraviesa la oscuridad. Es el grito de cualquiera que ha sentido soledad, miedo o incomprensión. Jesús no se disfraza de fuerte: vive hasta el fondo la experiencia humana.
Y los que parecían lejos (el centurión, las mujeres que miraban desde fuera) son los que terminan reconociendo quién es Jesús. A veces, los que no están en primera fila son los que ven con más claridad.
Y el final, silencio. Una piedra. Un sepulcro. No hay aplausos, no hay épica visible. Solo fidelidad hasta el extremo.
La palabra de hoy nos invita a permanecer cuando sería más fácil huir. A seguir siendo quienes somos, incluso cuando el mundo no responde como esperabas.
Entra, Jesús, a mi Jerusalén y sánala. Entra también en lo que no tengo ordenado. Entra en mis contradicciones, en mis cansancios, en mis dudas. Y sé que entras no para juzgar, sino para sanar.





