XI Domingo del tiempo ordinario // Mt 9,36-10,8

Jesús es el buen pastor, aquel que da la vida por sus ovejas y se compadece al verlas extraviadas, solas o abandonadas. Él quiere que todos nos dejemos guiar por él. Y se da cuenta de que hay mucho trabajo que hacer en el mundo; por eso quiere que el Señor suscite personas que, unidas a él, vayan a los caminos a buscar y encontrar a todos aquellos que buscan sin encontrar.

En este evangelio, Jesús establece la primera misión de la Iglesia al mandar a sus discípulos a anunciar el evangelio y a curar en su nombre. Los discípulos no entienden nada y, sin embargo, creen en Cristo que los envía. Por lo tanto, hemos de tener claro que antes del entendimiento está la misión, que es el anuncio de la Buena Noticia a los que sufren y tienen sed del amor de Dios. Lo más importante es permanecer unidos a él para poder dar testimonio y proclamar con verdad. Lo demás lo da él a través de su Espíritu.

Jesús hace hincapié en ir primero a la gente de Israel, a la gente de “adentro”, y muy pronto ocurre que son los de fuera quienes se sienten tocados por su amor. Y es que el amor de Dios tiene como destinatario a toda la humanidad. Y esta misión encomendada por Jesús a sus discípulos se va encarnando en cada tiempo, con las necesidades reales de cada época. Si antes se trataba de hablar a los judíos, hoy se trata de entender a quiénes estamos llamados a encontrar para anunciar. Nos encontramos en la era de la comunicación y la tecnología y, sin embargo, paradójicamente, muchas veces nos topamos con la confusión y la incomunicación. Este llamado de Cristo a sanar y dar vida es actual siempre, y las herramientas con las que contamos son la humanidad de Cristo, el amor del Padre y la fuerza dinámica y dadora de vida del Espíritu Santo.

Hemos de dejar que Dios suscite en nosotros esa mano trabajadora, enviada para amar en su nombre. Salir a los caminos de nuestra realidad y anunciar que Dios ama a los humildes, a los que aman la paz, a los que acogen a los que sufren por las guerras y las injusticias; que Dios permanece a su lado por encima de todo. Salir en misión con confianza; aunque no entendamos casi nada, él está presente y obra a través de nosotros. Los trabajadores hemos simplemente de estar dispuestos, con el corazón abierto y con un gran «sí» a lo que nos proponga.

Ya lo dice al principio: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad al Señor”. Roguemos para que haya más gente con la fuerza de su amor que quiera contagiar al mundo de su paz, su fiesta y su palabra comunicadora de unidad y justicia. Y ojalá nosotros sepamos salir de nosotros mismos para que, con la fuerza de la fe, seamos verdaderos misioneros, anunciadores y comunicadores de la humanidad de Cristo, caminando en verdadera unidad.

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