
A lo largo de los años hemos oído y leído muchos y buenos comentarios de la parábola del sembrador, poniendo el énfasis en el receptor de la semilla: ¿qué tipo de tierra somos: fértil, árida, seca, llena de espinos…? Hoy quiero poner la atención en el emisor: el sembrador. El sembrador de la buena simiente que dará fruto en tierra buena.
Todos nosotros somos sembradores de la Palabra. La responsabilidad de esparcir la buena semilla –que es la bondad de Dios encarnada en Jesús– recae sobre cada uno de sus seguidores. Somos trabajadores y colaboradores del mensaje de paz y bondad que recibimos a manos llenas del mismo Dios. Nuestro afán es sembrar, labrar y regar la tierra para que la semilla dé su fruto. Ignoramos el alcance de nuestra labor, pero a buen seguro podemos creer que parte de las semillas caerán en tierra buena, aunque no sepamos cuándo ni dónde ni quién la recibirá.
La Palabra sembrada solo será creíble si la vivimos plenamente, con gratitud y convencimiento. Se trata no solamente de proclamarla de viva voz, sino de encarnarla, hacerla vida y que sea la razón y norte de nuestra existencia. No demos lecciones de vida, demos la misma vida, demos la buena semilla. El fruto queda en manos de Dios.




