XXX Domingo del tiempo ordinario

En aquel tiempo, habiéndose enterado los fariseos de que Jesús había dejado callados a los saduceos, se acercaron a él. Uno de ellos, que era doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la ley?»

Jesús le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el más grande y el primero de los mandamientos. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se fundan toda la ley y los profetas».

En este Evangelio un doctor de la ley, queriendo poner a prueba a Jesús, le pregunta: “¿Cuál es el mandamiento principal de la ley?” A lo que Jesús responde: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente” Y esto, llevado hoy día nuestras vidas, para mí significa que a pesar de lo que me haya pasado, de lo que me haya tocado vivir, del dolor propio y ajeno, a pesar de no comprender el para qué de las guerras, el porqué del hambre en el Mundo habiendo recursos suficientes para todos, el para qué de la enfermedad y del dolor, etc. A pesar de todos los pesares y dudas, yo te quiero, Señor, y tengo fe en Ti, porque Tú me has dado el Ser y la libertad de los hijos de Dios, aun sabiendo que en mi libertad muchas veces he obrado mal y he tomado decisiones erróneas, olvidando que el otro es mi hermano. Aun así, me siento amada por Ti. 

Por lo tanto, ante cualquier duda o negación de Ti, queda la certeza de tu amor en cada uno de nosotros.

El segundo y no por ello menos importante “Amar al prójimo como a uno mismo” nos exige más aún, porque es fácil amar a quien nos ama: Amar a nuestros familiares, a nuestros amigos, a nuestra pareja, esto no tiene mérito alguno, pero cuando se trata de amar al que nos hace daño, al que miente, al que roba, al que mata… Eso ya es otra cosa. No podemos decir que amamos a Dios si no amamos a nuestro prójimo, porque El está en todo y en todas las personas. Este amor a nuestro prójimo tiene que ser un amor en mayúscula, porque ese amor solo proviene de Dios. Y, si para ello tenemos que pedir ayuda al Espíritu Santo para ser capaces de amar con ese amor de Dios, pues hagámoslo. Como decía San Juan de la Cruz: “Al final de la vida se nos examinará en el amor”.

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