III Domingo del tiempo ordinario // Mt 4,12-23

En este Evangelio da la impresión de que Jesús tome el relevo de Juan, cuando éste es encarcelado. ¿Eso quiere decir que si no lo hubiera sido, Jesús no hubiera actuado? Obviamente no, pero hay un misterio en la relación y la amistad estrecha entre ellos, pues Juan le allana el camino para que finalmente llegue la luz a esa tierra y al mundo.

Me parece precioso ver cómo Dios cuenta con la colaboración amorosa de los demás. No viene solo al mundo a decir lo que se ha de hacer y luego se marcha solo, al contrario, es comunitario y se vale de otras manos para invitar, anunciar y llevar a cabo su obra. Es un voto de confianza extraordinario y muy revelador de la manera en como nos sugiere que hagamos también.

Mateo narra en este pasaje el inicio de la vida pública de Jesús, el cual lo hace con dos signos muy sugerentes: una invitación y un anuncio. Invita a unirse a él, a quienes se volverán sus amigos, a seguirlo de forma individual pero haciendo comunidad. Posiblemente para acompañarlo a revelar el Reino de los Cielos. Quizá porque el Reino se vive con los demás y en función de los demás. Quizá porque esa buena noticia es que no estamos solos y que además de que él está con nosotros – y nos enseña cómo -, nos tenemos los unos a los otros.

Este anuncio de la llegada inminente de ese reino, es de lo primero que le oímos decir a Jesús. No pierde tiempo en proclamar que la dicha ha llegado, que la espera ha acabado y que el camino está frente a nosotros, a espera de atrevernos a decir sí y emprenderlo siguiendo sus huellas.

No perdamos tiempo nosotros tampoco y vivamos sin prisa pero sin pausa, cada día, un poco, la alegría de haber sido llamados, de forma individual y comunitaria a colaborar con la obra de Dios; a través de nuestros gestos y palabras.

Seamos dignos como Juan de ese llamado y de esa amistad. Abramos paso al Reino en nuestra vida, así nosotros también como él podremos allanarle el camino a Jesús para que obre en nosotros y en los demás.

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¡Feliz Navidad! // Bon Nadal ¡Que el Espíritu de...

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Mateo narra en este pasaje el inicio de la vida pública de Jesús, el cual lo hace con dos signos muy sugerentes: una invitación y un anuncio. Invita a unirse a él, a quienes se volverán sus amigos, a seguirlo de forma individual pero haciendo comunidad. Posiblemente para acompañarlo a revelar el Reino de los Cielos. Quizá porque el Reino se vive con los demás y en función de los demás. Quizá porque esa buena noticia es que no estamos solos y que además de que él está con nosotros – y nos enseña cómo -, nos tenemos los unos a los otros.

Este anuncio de la llegada inminente de ese reino, es de lo primero que le oímos decir a Jesús. No pierde tiempo en proclamar que la dicha ha llegado, que la espera ha acabado y que el camino está frente a nosotros, a espera de atrevernos a decir sí y emprenderlo siguiendo sus huellas.

No perdamos tiempo nosotros tampoco y vivamos sin prisa pero sin pausa, cada día, un poco, la alegría de haber sido llamados, de forma individual y comunitaria a colaborar con la obra de Dios; a través de nuestros gestos y palabras.

Seamos dignos como Juan de ese llamado y de esa amistad. Abramos paso al Reino en nuestra vida, así nosotros también como él podremos allanarle el camino a Jesús para que obre en nosotros y en los demás.

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