
Parece que hay dos maneras de mirar la vida.
Una hacia fuera: observar todo lo que sucede, las situaciones, las personas, todo lo que viene y va.
Y otra hacia dentro: descubrir cómo me siento ante lo que vivo, qué me conmueve, qué personas despiertan en mí estima y amor, qué relaciones dan sentido a mi existencia.
Quizá Jesús, cuando habla del Padre, del Espíritu y de Él mismo, nos habla precisamente de eso: del Amor, del sentido profundo, de la Fuente que sostiene y da vida a todo.
Cuando prestamos atención a las personas que amamos, a la naturaleza, a los dones recibidos y a aquello que da sentido a nuestra vida, podemos sentir que Jesús, el Espíritu que une todo lo existente y Dios mismo, están siempre donde nosotros estamos.
Vivir con presencia y consciencia nos ayuda a recordar que somos seres hechos para amar y abrirnos al amor.
Ese es el gran mandamiento: amar.
Gracias, Jesús, por abrirnos los ojos y el corazón, y por recordarnos lo verdaderamente importante.
¡Feliz domingo!





