
Concupiscencia y benevolencia
Concupiscencia viene del verbo latino capere, que significa coger. En el fondo, la concupiscencia es tomar las cosas para mi bien particular, por egoísmo, vanidad, poder o soberbia. ¡Todo para mí!
La gente, muchas veces, cree que hace algo bueno amando. ¡Yo amo mucho la música! Bueno, usted ama la música porque le gusta. ¡Yo amo mucho a mi esposa o a mi esposo! Oh, porque le interesa, porque eso le hace feliz y le resuelve problemas de todo tipo. Lo ama porque le conviene, porque le gusta. Esto es amar con amor de concupiscencia.
Hay otro amor, el bueno, que es amar a una persona porque es digna de ser amada. Recordad aquel soneto tan impresionante, que algunos atribuyen a santa Teresa: «aunque no hubiera infierno te temiera, y aunque no hubiera cielo yo te amara». Te amo, no por interés mío, ni por temor al infierno ni por deseo del cielo. Te amo porque eres digno de ser amado.
No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por ello de ofenderte.
Tú me mueves, Señor, muéveme verte
clavado en esa cruz y escarnecido.
Muéveme tu cuerpo tan herido.
Muévenme tus afrentas y tu muerte.
Tú me llamas a tu amor en tal manera
que aunque no hubiera infierno te temiera,
y aunque no hubiera cielo yo te amara.
No me tienes que dar porque te quiera,
pues si lo que yo espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera;
lo mismo que te amo yo te amara.
Si nosotros amáramos a la creación, a las personas, a las cosas, no porque sean de interés para mí, sino porque son dignas de ser amadas, estaríamos amando con otro tipo de amor: de benevolencia. Cada cosa, por ser creatura de Dios, es digna de ser amada. No porque me sirva para nada, sino porque es.
Así también hemos de amar a Dios: no porque nos prometa el cielo, sino porque es digno de amor, porque es así, porque todo lo ha hecho y me ha dado la existencia.
El que ama con amor de benevolencia es agradecido. El que ama con amor de concupiscencia lo coge todo y no agradece nada. En todo caso, se agradece a sí mismo el gran arte que ha tenido de cazar un bien para sí. El amor de benevolencia desemboca siempre en gratitud, en alabanza. Y este es el principio y fundamento de los ejercicios de San Ignacio: he sido creado para alabar y dar gracias a Dios.




