Juan Miguel González-Feria

Presbítero, formador de personas, primer discípulo del Padre Alfredo Rubio
Por Leticia Soberón Mainero

Hay personas cuya vida se convierte en motivo e impulso para el desarrollo y el bien de otros. Juan Miguel González Feria (1937-2026) fue una de ellas. Ahora que se cierra el ciclo de su existencia, puede verse con mayor nitidez su valor para tantas y tantas personas de toda procedencia y condición, que nos beneficiamos de su amistad, presencia, compañía, orientación.

Algunas de ellas hemos decidido dibujar un perfil biográfico que permita compartir esta experiencia y dar testimonio de lo que puede lograr un ser humano -limitado como todos- para hacer florecer, desde Dios, a las personas, iniciativas y realidades a su alrededor.

Una existencia inesperada

Juan Miguel González Feria nació en Santa Cruz de Tenerife (Islas Canarias) el 19 de mayo de 1937, en plena guerra española. Sus padres, Fernando y María del Carmen (cariñosamente llamada Maruca) habían tenido ya un primer hijo, Luis. Maruca, embarazada por segunda vez, tuvo un aborto al caer de una silla por accidente. Al reponerse unos meses después, volvió a quedar embarazada y tuvo a Juan Miguel. Si el pequeño hermano no hubiera muerto antes de nacer, Juan Miguel no habría existido nunca: ¡el vientre materno estaba ocupado! Esta consciencia, que elaboró en su juventud al conocer a Alfredo Rubio, marcó a partir de ahí su actitud de sorpresa agradecida ante la vida.

Después de Juan Miguel nació Carlos, y 14 años después Alicia.

Fueron una familia unida, alegre, que facilitó el desarrollo armonioso de Juan Miguel y sus hermanos. Fernando fue un muy buen padre y educador, al igual que Maruca, alegre y dinámica. Los hermanos estudiaron en el Colegio La Salle en Tenerife.

Juan Miguel estudió arquitectura técnica (aparejador) en La Laguna, y más tarde trabajó en la construcción de la ampliación del paseo marítimo en el puerto de Tenerife. Esta experiencia arquitectónica le sirvió mucho para lo que luego sería su vida de formador de personas y animador de grupos. Durante sus años universitarios tuvo una novia con la que planeaba, en un plazo no lejano, formar una familia.

Mientras tanto, decidió ir a Barcelona para estudiar el curso de acceso a la carrera de Arquitectura, que era muy difícil. Se alojó en la casa de una viuda que alquilaba habitaciones a estudiantes, muy cerca de la Universidad. Ella se llamaba Mercedes Coma. El hijo de esta viuda, Enrique Planas, que conoció entonces a Juan Miguel, en su época estudiantil, decía que mientras los compañeros jugaban cartas y bebían muchas noches, Juan Miguel estudiaba. Era serio y concienzudo para alcanzar su objetivo. 

Y una vocación inesperada

Juan Miguel avanzaba en sus estudios. Muchos años más tarde contaba que en ese entonces, durante un examen de matemáticas, sintió, sorpresivamente, el impulso de ser sacerdote. Él fue el primer sorprendido. No lograba entender por qué o de dónde le surgió esa idea tan fuera de su pensar cotidiano. Intentó ahuyentarla en ese momento y logró terminar el examen. Pero durante los días siguientes volvía una y otra vez a su cabeza. Finalmente decidió afrontarla y se preguntó dónde y cómo sería adecuado discernir si realmente tenía una vocación que nunca se había planteado.

Juan Miguel en torno a 1960

Lo que se le ocurrió fue ir al Seminario de Barcelona. Allí, en la salita de espera, paseaba un sacerdote con sotana que en una de sus idas y venidas le preguntó si estaba pensando en ser sacerdote. Él, desconcertado al verse descubierto sin haber dicho nada, respondió desafiante: “Sí, ¿y qué?”. El padre, que se llamaba Alfredo Rubio, hizo un gesto tranquilizador y siguió con sus paseos. Luego entró en el despacho del Rector, y al salir se despidió de Juan Miguel con una sonrisa. Al entrar éste, durante su diálogo, el Rector le indicó que fuera a ver al sacerdote que había visto, el padre Alfredo Rubio, capellán de la Universidad, para discernir sobre su vocación. 

Así lo hizo. El padre Alfredo lo invitó a comer y a navegar en el Real Club Marìtim de Barcelona. Conversaron largamente ese y varios días más. Alfredo le ayudó a aclararse internamente, considerando incluso la posibilidad de que se hiciera sacerdote en el rito católico oriental que permite casarse. Pero poco a poco emergió en Juan Miguel la convicción de que debía dejarlo todo y ser sacerdote en el rito latino iniciando un camino formativo en Barcelona, acompañado del Padre Rubio. 

Dado que el Seminario estaba lleno y había lista de espera para un par de años, habiendo hablado con el Obispo, Alfredo acogió a Juan Miguel en su casa en la calle Trafalgar para que viera en directo la vida sacerdotal y evitar que en ese lapso de tiempo se perdiera su vocación. Poco después de eso José María Forcada, estudiante de Medicina, originario de Vic, siguió el mismo camino. Allí empezó una nueva etapa en la cual hubo conversaciones con Alfredo, Juan Miguel y José María, sobre lo que había de nacer en aquel momento, que era un Colegio Mayor. 

Decidieron peregrinar a Tierra Santa, aunque José María no pudo ir porque su padre no lo permitió: tenía que aprobar un examen clave para su carrera. Hicieron “barco-stop” en el buque petrolero “Escatrón”, capitaneado por José Company Bueno, y vivieron con intensidad los días en Belén, Nazaret, Jerusalén. Se conserva una foto de la misa en Belén con un jovencísimo Juan Miguel -tenía 24 años- haciendo de monaguillo. En ese viaje se reafirmó en su deseo vocacional y una disposición a abrirse plenamente a lo que la Providencia de Dios marcara.

En la Basílica de Belén, sótano de la capilla de la Natividad. Altar de la Adoración. 19 de agosto 1961

Al volver a Barcelona, con los meses siguieron uniéndose otros jóvenes: Justo Prats, Agustí Viñas, José Luis Fernández, Carlos Molas, Javier Ruiz de Velasco. La víspera de la Inmaculada de 1961 se reunieron en la Capilla de la Inmaculada de la Universidad donde estaban el Rector y el Secretario General; Griselda Pascual, una catedrática que los acompañó durante años, y otros profesores, además del vicerrector del Seminario. Allí les impusieron la beca (una banda ancha de fieltro de color azul índigo) a los cinco primeros, y desde aquel momento Juan Miguel fue el cabeza del grupo. Más tarde llegarían Enrique Planas, Carlos González Feria, José Luis Socías, Miguel Huguet… Estaba naciendo una nueva manera de formar sacerdotes, que más tarde se haría institución en la Casa de Santiago.

Formación de Nuevo Testamento

Dado que ya no cabían en su casa, en febrero de 1962 el padre Alfredo empezó a buscar un espacio más grande para acoger a los jóvenes que se iban uniendo a esta pequeña familia. Así que decidió preguntar aquí y allá, esperando lograr un alquiler al alcance de sus exiguos recursos. El vicerector del Seminario de Barcelona, Ramón Prat Pallarés, le indicó que había un chalet en Sarrià con el cartel de “Se alquila”. A pesar de ser una zona costosa, Alfredo decidió llamar e ir a ver a los propietarios para conocer las condiciones del alquiler. La dueña resultó ser Doña María Corral Cucalón, una modista de sombreros, originaria de Talavera de la Reina, muy exitosa en la ciudad, que al escuchar el proyecto del Padre Alfredo y al verlo con dos o tres de sus jóvenes estudiantes, llamó por teléfono al administrador, le dijo que la casa ya estaba destinada y sin más, le entregó a Alfredo las llaves del chalet. Él, desconcertado, expresó que no tenía recursos suficientes. Pero ella se la estaba regalando: dijo que estaba a la espera de un signo de Dios porque en su corazón la casa estaba destinada a acoger personas mayores o a alguien que la necesitara realmente. Y lo tuvo clarísimo: esa casa sería para la formación de nuevos sacerdotes. Alfredo se negó rotundamente a recibirla como regalo, y afirmó que debía quedar siempre como propiedad de Doña María. Que en todo caso se la dejara en testamento al grupo que estaban formando. Ella le dijo con ternura: “Padre, usted no me deja morir pobre”. Pero así fue.

Cuando salieron del taller de sombreros con las llaves de la casa en calle General Vives en la mano, sintieron que era una presencia indudable de la Providencia de Dios que les ayudaba a iniciar un camino nuevo. Una gran alegría les llenó el corazón, y desde entonces tuvieron por Doña María Corral un cariño y una gratitud inmensa, como verdadera co-fundadora de la Casa, y les unió una amistad que duró hasta la muerte de ella. Muchos años más tarde (1979) el grupo le daría su nombre al Ámbito de Investigación y Difusión María Corral.

El Padre Alfredo quería que los chicos se formaran de manera humana y familiar en una casa, con una convivencia de hermanos, hombres nuevos, contemplativos y valientes, amigos que siguen a Cristo Resucitado en libertad, unidad y caridad. Instalados en la Providencia de Dios. No quería un cuartel, sino una casa en la que hubiera sencillez pero belleza y armonía. Para ello, entonces, necesitaban una presencia femenina. Una mujer mayor, preferentemente viuda, que comprendiera el mundo masculino y fuera como María en medio de los apóstoles. Así fue como decidieron escribirle a una tía de Juan Miguel, hermana de Fernando: Dolores González de Quesada, que había enviudado del diplomático francés Jacques Bigourdan hacía unos meses, y que no tenía compromisos específicos que la retuvieran en Canarias.

Ese verano emprendieron una peregrinación a pie, de modo completamente confiado en la Providencia, a Santiago de Compostela -muchos años antes de que se volviera a poner de moda-. Alfredo Rubio les invitó entonces a dar a Dios Padre un “sí” total, irreversible y sin condiciones. Un sí personal, no público ni proclamado, pero que hace a la persona lanzarse a la confianza más plena en el Señor, y aceptar anticipadamente su voluntad. Ese “sí” fue una clave de unidad entre todos, y acompasó de modo profundo el transcurrir de la vida en común. También se quedó y sigue vigente como paso personal en todas las personas que deciden seguir el Itinerario señalado por el Padre Rubio.

Dolores González, a la que luego llamaron Tante (“tía” en francés), llegó en barco desde Canarias a Barcelona el 16 de octubre de 1962, fiesta de Santa Eduvigis. La recibieron con flores y fueron a la capilla de la Universidad a celebrar la misa. Correspondía Prov. 31,10, la lectura de la mujer fuerte de la Biblia, que les evocó de nuevo la presencia providencial del Espíritu que les acompañaba en su camino.

Durante varios meses, el Padre Alfredo logró que profesores del Seminario fueran a darles clases a la casa de General Vives para que fueran entrando en la formación sacerdotal. Dialogaban y preguntaban, maduraban juntos lo que iban aprendiendo también de la vida sacerdotal del padre Alfredo. También asistían a instituciones como la Scola Cordis Iesu de Barcelona a recibir clases, en este caso del filósofo Francisco Canals Vidal. Ese formato de clases les permitía preguntar y profundizar en lo aprendido. Al mismo tiempo iban dedicando tiempo a la soledad y el silencio, a organizar y mantener la casa aseada y ordenada de modo distribuido en las cargas de trabajo, a servir a personas necesitadas, acoger a las visitas, solicitar ayudas económicas… Una vida comunitaria intensa que les hacía madurar como hombres y como apóstoles. Una formación que integraba lo más humano y cotidiano con una auténtica espiritualidad y el cultivo de la indagación teológica. Todos recordaban ese período como un tiempo precioso y duro de aprendizaje en el arte de convivir, de dialogar, de perdonar… Era un camino para ser personas maduras y completas, con la silenciosa y prudente presencia de Tante, con su gran capacidad de escucha.

Más tarde asistieron a las clases en el Seminario como todos los demás aspirantes al sacerdocio en la Archidiócesis, y completaron sus estudios de Filosofía y Teología, ayudándose unos a otros para aprovecharlos al máximo.

Con los primeros miembros de la Casa de Santiago, con Tante y Catalina Huguet, 
 en la casa de General Vives (en torno a 1970)

La formación que fueron recibiendo a lo largo de los años se orientaba a desarrollar de modo armónico y sin ruptura sus dimensiones humanas -salud, diálogo, conocimiento y aceptación de sí mismos y de los demás con alegría- como la apertura a Dios, la oración, la vida de fe bien articuladas en el día a día. 

El “pedro” entre sus compañeros

En una peregrinación camino de Roma, Alfredo designó a Juan Miguel como el “pedro” del grupo, es decir, un “primum inter pares”, una referencia orientadora y depositario de su confianza como signo de unidad entre todos.

El Padre Rubio no quería formar una orden religiosa vinculada a él ni a nadie por voto de obediencia, sino un grupo de sacerdotes diocesanos -dóciles y en comunión con sus Obispos- que supieran ser contemplativos, amigos entre ellos y apóstoles en un clima de libertad. Así, la manera colegiada de tomar decisiones no quitaba la necesidad de un arbitraje en algunos momentos, y de alguien que estuviera al servicio de todos de manera particular. Que fuera garante de que todos eran dignos de respeto y de atención, tal como hacía Alfredo. Ése era ya desde hacía tiempo el papel de Juan Miguel, pero entonces se hizo más explícito y visible. Él contó varias veces, años después, lo difícil que le fue aceptar ese papel y la crisis que tuvo durante un tiempo a ese respecto. Le costaba “sobresalir” entre sus compañeros. Pero esta fórmula generó entre ellos un vínculo de unión auténtico en la diversidad de estilos. 

La Casa de Santiago queda constituida por el Arzobispo Gregorio Modrego el 24 de mayo de 1966 para la formación de vocaciones tardías al sacerdocio.

Siguen sumándose a este estilo formativo nuevos aspirantes al presbiterado. Un compañero de excepcional significación para todos fue Clemente Mur, que llegó al grupo sobre el año 1966 en edad madura y con un problema pulmonar muy serio, con una gran fe y un profundo deseo de ser sacerdote. Encarnó de modo muy notable la vivencia del Evangelio según el estilo del padre Rubio, y fue muy querido por todos. Estudió brevemente en Salamanca, viviendo en Alba de Tormes. También vivió y acogió personas en Trujillo, siempre alegre y sereno. Su condición física se agravó relativamente pronto, volvió a Barcelona, fue internado en el Hospital de San Pablo, y los jóvenes de la Casa de Santiago lo cuidaron con dedicación y entrega. Murió santamente el 15 de julio de 1970, ofreciendo su vida para que sus compañeros llegaran al sacerdocio que él no iba a lograr vivir.

Al ver cómo habían cuidado a Clemente, el Arzobispo Marcelo González Martín decidió ordenar sacerdotes a los primeros miembros de la Casa de Santiago, y así lo hizo el 25 de septiembre de 1971. Al día siguiente, el 26,  se ordenaba en Salamanca Ángel Alsina Pons, también miembro de la Casa. 

La formación que recibieron del padre Alfredo también incluyó en diferentes momentos salir de Barcelona para conocer otros ambientes y aprender cosas nuevas. Cada uno pasó temporadas fuera, apoyando a personas amigas y en parroquias en Trujillo (Extremadura), La Herradura (Granada), Trucíos (Bilbao), Eckersbach (Alemania), Alba de Tormes (Salamanca), Oslo (Noruega)…

Formador en Trujillo, Salamanca, México, Granada

Pronto empezaron a llegar nuevas vocaciones a ese modo de vivir que combinaba lo contemplativo con lo comunitario y el apostolado de manera a la vez libre y en unidad de corazones. Así, los “mayores”, los primeros formados por Alfredo, se convirtieron a su vez en pastores de otras personas, hombres y mujeres en su mayoría jóvenes, enseñándoles lo que habían aprendido. Juan Miguel así lo hizo también en Madrid y Trujillo, donde las Hermanas Jerónimas les alquilaron a los de la Casa de Santiago su monasterio en la parte alta del pueblo por una peseta al año. Allí vivió muchas temporadas, colaborando mucho con Don Ramón Núñez, el santo sacerdote del pueblo, y congregando junto con Juan Huguet a personas y familias de ese pueblo extremeño y de sus alrededores. Muchas de las amistades forjadas entonces, también con las Hermanas Jerónimas, duraron toda la vida de Juan Miguel.

En su adultez (40 años), y a petición del Obispo Maximino Romero de Lema, Juan Miguel fue enviado por Alfredo a Salamanca, a estudiar Derecho Canónico y a reavivar el Colegio Mayor El Salvador, en el que Alfredo había estudiado Teología muchos años atrás. Allí Juan Miguel permaneció prácticamente 40 años, y formó -buscando recursos por todas partes- a cerca de 70 estudiantes de teología provenientes de cuatro continentes. La mayoría de ellos carecían de recursos, por lo cual les proveyó de lo necesario para sus estudios, acompañó en sus dificultades, enseñó a afrontar la vida, a comprender la Iglesia, a seguir a Cristo con fidelidad, a convivir con otros por muy diferentes que fuesen. Los colegiales, hoy sacerdotes la mayoría de ellos, lo recuerdan con enorme gratitud. También creó una Asociación cultural, la Marcelo Fernández Nieto, que realizó actividades culturales y religiosas para obtener recursos que ayudaran a sostener el Colegio.

En el Colegio Mayor El Salvador con el Obispo de Salamanca Don Mauro Rubio Repollés (en torno a 1985)

En muchas ocasiones viajó con Alfredo a México, y pasó largas temporadas sobre todo en Hermosillo (Sonora, al norte del país). Se puede decir que en alguna medida se sintió mexicano. Estaba feliz en aquellas tierras, donde se creó un grupo de personas extraordinariamente solidarias y acogedoras. Allí estuvieron incardinados varios miembros del grupo de Alfredo y florecieron amistades que duraron toda su vida. Ya tras la muerte de Alfredo, Juan Miguel fue un gran impulsor de la última fundación de aquél, la Colegiata de Nuestra Señora del Cielo, y particularmente del espacio que se recibió de una donación, con vistas a construir una sede de esa institución en el barrio llamado Real del Alamito, en las afueras de Hermosillo.

Y durante cuatro décadas también años estuvo vinculado, sobre todo los veranos, Navidad y Semana Santa, a la Ermita de San José y Santa Rita en la Punta de la Mona, La Herradura (Granada), donde dio continuidad a la larga amistad del Padre Alfredo y luego de José María Forcada con Francisco Prieto-Moreno y su familia. Además de organizar y presidir las misas, impulsó los Coloquios cada mes de agosto. En la Ermita se formaron para la contemplación, el diálogo y la convivencia varias generaciones de personas. Su presencia marcó indeleblemente la presencia del grupo de Alfredo Rubio y la vida de innumerables familias en ese enclave granadino.

Su estilo combinado de habilidades para la reparación de objetos y pequeñas instalaciones caseras, con las de persona de pensamiento, espiritualidad, consejo y formación, hicieron que se le llamara cariñosamente “padre reparador”. Lo era. De cosas y personas.

En la Ermita de la Punta de la Mona, Coloquios 2001

Padre y pastor

Entrando ya en su estilo de ser, hay que decir que era extraordinariamente entusiasta de la vida. Valoraba la música, el arte, la naturaleza. Enseñaba historia, geografía, economía, arquitectura, a lo largo de los innumerables viajes realizados con visitantes, amigos y discípulos. Y por supuesto, enseñaba a seguir a Cristo con plena fe en su Resurrección. Esta enseñanza se expresaba no sólo en formulaciones de fe, sino en la manera de vivir, de convivir, de gestionar la economía, la vida diaria, las dificultades, su  modo de manejar los conflictos, de reconciliarse. 

Era muy libre. Sin complejos ni un ego que defender. Siempre tuvo un estilo claro y directo -a veces muy contundente-. Era un gran “escuchatán”, oía con paciencia lo que las personas querían contarle. Su respuesta no era casi nunca inmediata. Pero, si era necesario, tampoco era suave ni complaciente. Tenía carácter y no contemporizaba con el egoísmo, el mal o la soberbia. Actuaba como un padre que no ahorraba desvelos, pero capaz de señalar a la persona, con mucho afecto y sin ambages, posibles riesgos de vanidad, prepotencia, hipocresía o inmadurez. Esa claridad a veces alejaba a algunos, pero la mayoría lo vivimos como un rasgo más en un amigo capaz de dar la vida por cada uno.

En el fondo de su estilo estaba la decisión de promover el bien de las personas a su alrededor. Posibilitarles el aprendizaje, el desarrollo, el descubrimiento de sus propias vocaciones y su despliegue personal. Es así como dio la vida por muchos. Nunca intentó aferrarse a las personas para sentirse acompañado. Más bien lanzaba a todos a seguir a Cristo y encontrar su propia manera de amar y servir. Amaba a cada persona con enorme respeto aunque a veces fuera incómodo. Pero a quien le escuchaba, le enseñaba a pensar, a argumentar con seriedad, a analizar los acontecimientos. Daba confianza y parcelas de responsabilidad para el crecimiento de cada uno, a la vez que llamaba con eficacia a dejar atrás las servidumbres de la dependencia, el infantilismo, la vana curiosidad.

Con algunas claraeulalias en una reunión en 2016

Tenía un intenso amor a Jesucristo. Fue un colaborador generoso y leal del Padre Alfredo, impulsando a las personas a vivir el estilo humilde de Jesús. Enseñaba, con el ejemplo y la palabra, a dedicar diariamente tiempo a la soledad y el silencio, el servicio a los demás, la libertad y la comunión en todo. Y un gran amor a la Iglesia, sin restar lucidez para ver en qué se alejaba de la coherencia evangélica.

Pero quizá el rasgo más característico de Juan Miguel fue su total dedicación a la obra y contenidos del padre Alfredo. Fue su amigo en toda circunstancia y comprendió su mensaje de manera natural y muy profunda. Resonaba en él vitalmente, incluso lo completaba a veces, lo explicaba todo con mucha claridad, adaptado a las personas que escuchaban, tan diferentes entre sí. 

Contribuyó a fundar e impulsar el Ámbito de Investigación y Difusión María Corral, ampliando su acción a Madrid, Salamanca, Trujillo, México y Chile, donde se desarrollaron con su ayuda actividades culturales como las Cenas Hora Europea. Fue ponente, moderador y también consejero de las personas responsables en los distintos países. También co-fundó con Alfredo Rubio la Universitas Albertiana, institución dedicada al cultivo del aprendizaje y la enseñanza de manera continua y transdisciplinar, en distintos entornos y con enorme flexibilidad. Y contribuyó a crear varias Fundaciones para que pudiera continuarsede manera organizada y duradera la solidaridad y el apoyo a personas sin recursos que siempre ejerció con Alfredo durante su vida. 

Publicó, además de innumerables ponencias, artículos y cartas al director, dos libros: “María, Victoria del Espíritu”, que recoge sus meditaciones sobre la madre de Jesús, realizadas en la novena de la Virgen de la Victoria en Trujillo (Cáceres). Y los “Comentarios a la Carta de la Paz dirigida a la ONU”, en los que amplía y glosa la profunda riqueza de ese breve documento para una convivencia pacífica en la sociedad, más allá de las creencias de cada cual.  En ambos libros puede verse su elocuencia y la precisión de su modo de ver el mundo, la sociedad, la Iglesia, la fe. Desarrollando con luz propia la riqueza del pensamiento alfrediano.

La primera enseñanza del padre Alfredo era la humildad: aceptar con alegría ser quienes somos y como somos. Con límites y capacidades. Con nuestra hermana muerte. La segunda era la amistad auténtica, basada en aceptar a los demás como son. Con un profundo respeto a la libertad propia y de los demás. Sin ejercer nunca el poder ni el dominio. Juan Miguel lo vivió a fondo y enseñó a muchos a vivirlo, dentro de su propio estilo personal, creativo y dinámico.

Ermita de San José y Santa Rita (La Herradura, Granada), en torno a 2018

Amigo de Santa Clara

La Santa de Asís fue siempre un referente para él, una amiga del alma que le acompañó hasta su muerte. A muchas personas nos transmitió ese amor por Clara, por su sabiduría y su libertad.  Y existía entre él y ella un paralelismo. De modo análogo a como Santa Clara vivió y expresó a su manera la pobreza franciscana en fidelidad al Poverello, Juan Miguel hizo suya la manera alfrediana de vivir la humildad óntica, la alegría y la fe, y la transmitió con total transparencia y generosidad.

Su papel en el conjunto de las personas que siguieron el estilo de Alfredo fue el de un referente y uno de los principales canales por el que se distribuía, con claridad y de modo práctico, todo el contenido y los escritos del Padre Rubio. Sin apropiarse de nada. Sin desvirtuar nada.

A este respecto, Alfredo le escribió un poema en que describe mejor que nada su papel de amigo y testigo fiel.

Ermita de San José y Santa Rita de la Punta la Mona, 30 de agosto de 1987

A Juan Miguel, que escribe lo que refiero y lo guarda. Relaciona unas cosas con otras y lo esplendece todo. Y lo bien predica.

I. Yo soy cauce que baja de los montes.
Y tú, enorme lago
que recoge las aguas agitadas
y las remansa.

Quietas se convierten
¡quién lo dijera! en silencioso espejo
que refleja la luz cambiante
de los cielos diurnos
y las nubes parecen en su fondo
insólitos ángeles-peces mensajeros,
retenidos
en una red de inversas cumbres.

¡Y se embellece aún más todo el paisaje!

De noche tu hondo lago,
se transfigura para ti
en un volcán de estrellas y de ígneos
pedazos de la luna
que se quebró por el frisar del agua
al suave viento
del preamanecer.

II. Sí, ya lo sé, mi buen hermano;
soy cauce pedregoso en la ladera
de esa Montaña para algunos tan ignota.

Y tú después, eres un largo
y permanente río
que transporta gozoso las aguas a los valles
para que puedan dar frutos ubérrimos.

(Y por istmos desconocidos
de los geógrafos
haces que lleguen,
también,
a otros Continentes.)

III. Tengo experiencia que mi cauce
¡ay buen amigo!
a veces queda seco.

Entonces eres tú esforzada presa
para guardar con avidez el agua
y así poderla
ir derramando generoso
a su debido tiempo,
para que no se mustien
los sotos, los huertos y los campos.

¡Oh dique levantado día a día
con coraje y premura
del buen hacer de tu quehacer antiguo
de joven arquitecto!

Y a la vez logras transformar
la atronadora
cascada de las aguas
por las venas ocultas de tu dique,
en misteriosa, inefable,
energía para los músculos
etéreos del espíritu.

IV. Soy cauce pedregoso que a menudo
teme y reteme el estiaje lánguido
de imprevistos estíos.

Mi accidentado lecho
en esta dura coyuntura hasta ignora
cómo, otrora, era
el íntimo frescor del agua
y el múltiple concierto
de sus voces alegres.

Y voy perdiendo
muchos recuerdos desflecados
por los lejanos laberintos
de la memoria.

¡Ay buen protector mío,
mándame entonces cauce arriba
un poco de tu agua remansada!

V. Mi buen escuchador Juan Miguelazo
¡sé lago, presa, río, delta!
mansa albufera con cien canales
de trazado sagaz.

¡Administra el tesoro de las aguas!
Bebe. Distribúyelas.

Que nunca pasen sed
ni hambre alucinada y acuciante
las almas de mis hijos
ni de los tuyos tampoco.

VI. Y cuando el cauce
de bien limadas piedras
ya del todo se seque y desmorone,
buen José de mi muerte ya cercana,
¡verás como te brotan
en tus ambas riberas
mil fuentes
de aguas vivas y claras!
que seguirán alimentando
tu anchuroso río caudaloso.

VII. Y si a veces, tumbadas en la hierba,
estas fontanas se adormecen
–quién sabe si por éxtasis–
¡mira hacia adentro de ti mismo!
al pozo de agua inasequible y transparente
de tu siempre novísima conciencia,
¡oh pequeño y redondo lago
de infinito profundo,
inmóvil manantial de manantiales!

Si te inclinas sobre el brocal
y entrevés como un rostro,
no creas es el tuyo reflejado.

No. Que muy ciertamente
será siempre el de Dios.

VIII. ¡Ah Juan Miguel, mi hijo bienamado,
Neo ángel Guardián
de todos estos Álbumes!

Para Juan Miguel, como para San Francisco y Santa Clara, el final de la vida era la “hermana muerte”. Ningún miedo, ningún rechazo a tener un final.

Su trayectoria final

Sufrió dos ictus en 2004 de los que se repuso bastante bien: tras unos meses con dificultades para hablar con fluidez, con el tiempo recuperó en gran medida el uso de la palabra, pudo establecer conversaciones, predicar homilías, continuar con su labor formativa en Salamanca y en muchos otros lugares, etc. Años más tarde, en 2017, tuvo un infarto doloroso y prolongado, que le dejó el corazón maltrecho y lo marcó mucho. Con los años fue perdiendo fuerza y guardando cada vez más silencio. Él, que había sido de una elocuencia extraordinaria, fue poco a poco abandonando la palabra. Pero no se abatió por ello, aunque seguramente en su interior -era plenamente consciente de lo que pasaba- fue una renuncia muy dura. Cerró su etapa en el Colegio Mayor El Salvador al cumplir 80 años. Tuvo entonces energía incluso para ir a Kenia al entierro de su antiguo compañero y misionero Paco Andreo.

Su manera de comunicar a partir de entonces fue a través de correos electrónicos dirigidos a muchas personas, eligiendo y comentando por escrito los contenidos del padre Alfredo, envíos a los que llamó Albuferas y Lagos -que evocaban el poema citado más arriba-, fiel a lo que fue su cometido vital desde su juventud.

Mientras pudo, estuvo moviéndose entre Barcelona, la Ermita y Madrid. Luego, durante y tras la pandemia (2020-2021) fue quedándose cada vez más tiempo en esta última ciudad, dejándose cuidar pero a la vez intentando mantenerse autónomo en sus actividades cotidianas. Su presencia atrajo a Madrid a muchas personas que querían verlo y estar con él, sin palabras, en la acogida cordial con que las recibía. El último año estuvo abandonado en los demás, acogiendo desde la fragilidad a los últimos cuidadores que llegaron a su vida. Tuvo un deseo incansable de festejar en lo cotidiano, siempre que sus fuerzas se lo permitieran. Con el gesto, la mirada, el abrazo y la mano extendida, fue dando su último testimonio de vida en el que señalaba “¡Esto también es fiesta!”, como nos lo había dicho tantas veces.

El 6 de diciembre de 2025, rodeado de cariño de quienes le acompañaban, y con la presencia de su hermana Alicia, antes de la media noche se encontró plenamente con Aquél a quien había dado un “sí” total, irreversible y sin condiciones.

Juan Miguel en el Hospital de Alcorcón en un ingreso en 2024

Juan Miguel, gracias por tu vida entregada. 

¡Hasta siempre, nos vemos en el Cielo!


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