Fiesta de la Santísima Trinidad

«Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él. El que cree en él no será condenado; pero el que no cree ya está condenado por no haber creído en el Hijo único de Dios».

La celebración de hoy nos habla de intimidad, cercanía, ternura y verdad.

Nos introduce en la libertad y magnanimidad de un Dios que se nos cuela en la pequeñez, en la ultimidad y en lo más hondo y cotidiano de la vida, y se deja comprender “a lo humano”, manifestándose en relación constante, siempre activa. Padre que crea y vivifica, Hijo que revitaliza y reconforta; Espíritu que es vínculo y acogida, entrega y recepción.

Una dinámica abierta, que se aleja del juicio, que desborda toda medida humana y rebasa sus propias magnitudes, por decirlo así, apostando a que el amor es capaz de discernir y dar nueva oportunidad de amar.

Todo son palabras que intentan apenas describir un misterio entrañable e inefable a la vez, que excede con mucho nuestro entender, pero se nos aproxima en este Evangelio en imágenes y palabras que invitan a preguntarse sobre los vínculos que nos sostienen y nutren, las relaciones que nos definen desde la acogida y la confianza o, por el contrario, nos sujetan porfiadamente al juicio a nosotros mismos y a otros.

Saber que, en el Hijo, el Padre nos ofrece la plenitud de su Vida disipa toda posibilidad de muerte, porque con él ya comenzamos a caminar la eternidad, ¡un rasgo tan propio de lo divino! Así también, vivir en el Espíritu es sostener su presencia continua en medio de nuestra cotidianidad y encontrar aliento para discernir con lucidez entre el bien y el mal; entre lo que nos cobija en el amor y aquello que nos arrastra hacia la condena del no amor.

No es casualidad que esta fiesta se celebre después de Pascua y Pentecostés, y al continuar el Tiempo Ordinario. Es nuestro tiempo de caminar la eternidad. En Jesús resucitado hemos aprendido lo que antes de él difícilmente vislumbrábamos: un dinamismo íntimo y amoroso de la Trinidad que nos invita a acercarnos a un Dios que es fuente inagotable de vida y que se define como eterna donación.

Sole Mateluna, Chile

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No es casualidad que esta fiesta se celebre después de Pascua y Pentecostés, y al continuar el Tiempo Ordinario. Es nuestro tiempo de caminar la eternidad. En Jesús resucitado hemos aprendido lo que antes de él difícilmente vislumbrábamos: un dinamismo íntimo y amoroso de la Trinidad que nos invita a acercarnos a un Dios que es fuente inagotable de vida y que se define como eterna donación.

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