
Que la paz del espíritu entre suavemente en nuestras habitaciones
Me centro en Jesús y cómo prepara los corazones para que el Espíritu de Dios, Espíritu Santo, haga nuevas todas las cosas.
Los discípulos no están listos, no son valientes en ese momento: están asustados y se protegen cerrando puertas. Y eso también es humano. La paz del Espíritu Santo comienza ahí: reconocer cuándo necesitamos resguardarnos, cuándo el alma pide silencio, pausa, contención. No siempre es tiempo de salir a luchar; a veces es tiempo de recogerse sin culpa, de decir ya no puedo más y dejar muchos sueños, proyectos, afanes personales, renunciar a todo y a todos y priorizar abrazar a Dios en desapego total.
Jesús no irrumpe juzgando ese encierro- esa renuncia total-. Entra con suavidad y dice: “La paz esté con ustedes”.
El verdadero cuidado interior no nace de la exigencia, sino de una voz que trae paz incluso en medio del miedo, y ocurre un acto de amor y comprensión total: Jesús muestra sus manos y su costado. No oculta sus heridas, no las maquilla. Esto es profundamente sanador: la resurrección no borra las heridas, las transforma en signo de vida. Desde ahí, la vulnerabilidad deja de ser debilidad, apaga egos, incluso nuestros «nosotros», por solo pronunciar: DIOS…SILENCIO, JESUS, Soledad, Silencio, vacío, poco a poco aparece Dios, quien habla, nos habla, nos renueva e ilumina.
Esto requiere valentía … mostrar nuestras heridas, enfermedades, limitaciones —con prudencia y en espacios seguros— es también un acto de verdad y de sanación. Es decir: “esto me dolió, esto me marcó… y sigo aquí”, en fidelidad con mi verdad y con mis otros.
En este momento histórico, también es bueno saber discernir a quien sí o a quien no mostrarnos tal cual. Solo la experiencia nos ayuda a comprender que cuando hay dolor y ruido, el mal se aprovecha de robar el buen Espíritu y la paz. No todos estamos listos o acogedores sobre las vulnerabilidades, y también el espíritu del mal aprovecha egos para entrar y dañar, inventar, calumniar…
Y es todo por un fin: La Esperanza: recibir el aliento que vuelve a poner en pie, al débil, al enfermo al grupo, a cada uno de nosotros, a quienes sentimos que sigue teniendo valor seguir a Dios desde una visión que aporta y no aparta, sino que rescata la libertad, la apoya y valora.
El reto hoy es mirarnos, acompañarnos los unos a los otros y abrirnos a recibir el Espíritu Santo, una vez más, Escucharnos en el próximo encuentro, y que quiere DIOS a través de cada uno y de todos para los próximos 30 años…
Jesús sopla sobre ellos- sobre nosotros- y nos dice: “Reciban el Espíritu Santo”. Es un gesto íntimo, cercano, casi como volver a dar vida. La esperanza no es solo una idea bonita: es un aliento que nos alcanza cuando estamos cansados, una fuerza suave que no niega lo vivido, nos impulsa a seguir. Y desde ese soplo, los discípulos pasan del encierro a la misión. No porque desapareció el miedo, sino porque la paz fue más fuerte que él; la alegría de vivir, desde el realismo vence cualquier mal.
A veces, el mayor acto de esperanza no es salir corriendo hacia la luz, sino permitir que la paz entre suavemente en nuestras habitaciones cerradas o entreabiertas etc. que hoy cada uno reconozca como esta su habitación y si es capaz de entrar a otras habitaciones de la manera que Jesús nos muestra, y cuidarnos el alma los unos a los otros, sin pensar en nuestra utilidad, que para eso está el mundo y nuestra misión es hacer reino en la tierra y tanto más. PAZ y FIESTA.




