XXV Domingo del tiempo ordinario

La parábola de los trabajadores de la viña sigue provocando un cortocircuito en nuestra mentalidad contemporánea. Vivimos sumergidos en la cultura de la auditoría constante, del mérito, de la productividad y del mercado. Por eso, al escuchar que el propietario de la viña paga lo mismo al que trabajó doce horas que al que trabajó solo una, brota instintivamente el grito de los primeros jornaleros: «¡No es justo!».

Sin duda, es necesario cambiar nuestra mirada para cambiar el mundo. ¿Miramos la realidad con la balanza del mercado o con los ojos del Padre? Os propongo hacerlo a través de estas tres reflexiones.

·       El Dios que rompe el mercado por compasión, dignificando a los últimos que nadie contrata. Jesús utiliza esta aparente contradicción económica para derribar nuestros muros mentales y revelarnos la verdadera naturaleza del Reino de Dios. Si en lugar de mirar a los obreros miramos al dueño de la viña, nos daremos cuenta de que no estamos ante un terrateniente buscando maximizar sus ganancias, sino ante un Dios cuya prioridad absoluta es mitigar la vulnerabilidad humana. Al salir a la plaza a las cinco de la tarde, el dueño no busca mano de obra; busca rostros preocupados. La justicia de Dios no consiste en dar a cada uno según su rendimiento, sino en dar a cada uno lo que necesita para vivir con dignidad. El denario completo que reciben todos no es un salario calculado; es el pan de la misericordia, el amor incondicional del Padre que no se puede fragmentar.

·       Desarmar el ego que vive de la comparación y del mérito individual, anteponiendo el valor sagrado del «Ser» frente a la tiranía del «Hacer». Si examinamos la herida de los obreros de la primera hora, nos daremos cuenta de la trampa del ego y la necesidad neurótica de compararnos para sentirnos superiores. Cuando condicionamos nuestro valor a lo que producimos o a la antigüedad de nuestras prácticas religiosas, convertimos la fe en una meritocracia espiritual. Dios, en cambio, desmercantiliza la existencia humana. Ante la mirada del Padre, nuestro valor no se cotiza en la bolsa del rendimiento. Valemos por lo que somos: hijos e hijas amados. La parábola nos exige desarmar el ego para descubrir que la Gracia es siempre un regalo que se agradece, no una recompensa que se reclama.

·       Desterrar el resentimiento para sanar nuestra paz interior y tejer una convivencia fraterna. El veneno que destruye a los obreros de la primera hora no es el salario del dueño, sino el resentimiento que nace en sus propios corazones al mirar al hermano de reojo. La espiritualidad consiste en adentrarse en el «don de ser», un espacio interior donde descubrimos que el amor que Dios nos tiene no está condicionado por lo que hacemos, pensamos o decimos. Al liberarnos de la envidia, podemos construir la verdadera convivencia o caseidad: hacer del mundo y de la Iglesia una casa común donde todos caben. Cuando el obrero de la primera hora se alegra de que el de la última hora también reciba su denario, se convierte en un auténtico artesano de la paz. La paz social y comunitaria comienza cuando dejamos de mirar el denario ajeno con sospecha y empezamos a celebrar que el Padre cuida de todos.

Esta puede ser una forma de construir un Reino donde los últimos son los primeros en nuestra atención, porque son los primeros en el corazón de Dios. 

¡No hay eventos!

XXV Domingo del tiempo ordinario

La parábola de los trabajadores de la viña sigue provocando un cortocircuito en nuestra mentalidad contemporánea. Vivimos sumergidos en la cultura de la auditoría constante, del mérito, de la productividad y del mercado. Por eso, al escuchar que el propietario de la viña paga lo mismo al que trabajó doce horas que al que trabajó solo una, brota instintivamente el grito de los primeros jornaleros: «¡No es justo!».

Sin duda, es necesario cambiar nuestra mirada para cambiar el mundo. ¿Miramos la realidad con la balanza del mercado o con los ojos del Padre? Os propongo hacerlo a través de estas tres reflexiones.

·       El Dios que rompe el mercado por compasión, dignificando a los últimos que nadie contrata. Jesús utiliza esta aparente contradicción económica para derribar nuestros muros mentales y revelarnos la verdadera naturaleza del Reino de Dios. Si en lugar de mirar a los obreros miramos al dueño de la viña, nos daremos cuenta de que no estamos ante un terrateniente buscando maximizar sus ganancias, sino ante un Dios cuya prioridad absoluta es mitigar la vulnerabilidad humana. Al salir a la plaza a las cinco de la tarde, el dueño no busca mano de obra; busca rostros preocupados. La justicia de Dios no consiste en dar a cada uno según su rendimiento, sino en dar a cada uno lo que necesita para vivir con dignidad. El denario completo que reciben todos no es un salario calculado; es el pan de la misericordia, el amor incondicional del Padre que no se puede fragmentar.

·       Desarmar el ego que vive de la comparación y del mérito individual, anteponiendo el valor sagrado del «Ser» frente a la tiranía del «Hacer». Si examinamos la herida de los obreros de la primera hora, nos daremos cuenta de la trampa del ego y la necesidad neurótica de compararnos para sentirnos superiores. Cuando condicionamos nuestro valor a lo que producimos o a la antigüedad de nuestras prácticas religiosas, convertimos la fe en una meritocracia espiritual. Dios, en cambio, desmercantiliza la existencia humana. Ante la mirada del Padre, nuestro valor no se cotiza en la bolsa del rendimiento. Valemos por lo que somos: hijos e hijas amados. La parábola nos exige desarmar el ego para descubrir que la Gracia es siempre un regalo que se agradece, no una recompensa que se reclama.

·       Desterrar el resentimiento para sanar nuestra paz interior y tejer una convivencia fraterna. El veneno que destruye a los obreros de la primera hora no es el salario del dueño, sino el resentimiento que nace en sus propios corazones al mirar al hermano de reojo. La espiritualidad consiste en adentrarse en el «don de ser», un espacio interior donde descubrimos que el amor que Dios nos tiene no está condicionado por lo que hacemos, pensamos o decimos. Al liberarnos de la envidia, podemos construir la verdadera convivencia o caseidad: hacer del mundo y de la Iglesia una casa común donde todos caben. Cuando el obrero de la primera hora se alegra de que el de la última hora también reciba su denario, se convierte en un auténtico artesano de la paz. La paz social y comunitaria comienza cuando dejamos de mirar el denario ajeno con sospecha y empezamos a celebrar que el Padre cuida de todos.

Esta puede ser una forma de construir un Reino donde los últimos son los primeros en nuestra atención, porque son los primeros en el corazón de Dios. 

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