
En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:
«¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”. Él le contestó: “No quiero». Pero después se arrepintió y fue.
Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: “Voy, señor”. Pero no fue.
¿Quién de los dos cumplió la voluntad de su padre?».
Contestaron:
«El primero».
Jesús les dijo:
«En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis».
En Mateo 21 Jesús está subiendo a Jerusalén, entra en la ciudad montado en una borrica y su pollino, purifica el Templo, maldice la higuera llena de hojas verdes, pero sin fruto, sin la sustancia de la fidelidad a Dios. La higuera suele simbolizar a Israel (cf. Oseas 9, 10; Joel 1, 7),
Las tres parábolas subsiguientes que nos describe Mateo: los dos hijos, los viñadores infieles, y los invitados a la boda se dirigen a los líderes religiosos judíos, a su rechazo de Jesús, y cada una pronuncia juicio sobre Israel.
Jesús nos llama continuamente a recibirlo, en su Palabra, en la Eucaristía, en los Amigos, en la Familia, en nuestras labores diarias, en nuestra vida…
«Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Apocalipsis 3, 20), al abrir nuestra puerta, al recibirlo en nuestro corazón, y hacer nuestro corazón uno con el Suyo, nos enfocarnos en lo que realmente importa: amar a Dios sobre todas las cosas y a los demás de la misma manera que Él nos ha amado desde el principio, desde la Generación del Verbo y la Procedencia del Espíritu Santo, desde la Creación del Universo y del Hombre a imagen y semejanza suya. Desde la Concepción de María Santísima y la Encarnación del Verbo en sus purísimas entrañas. Desde su vida sencilla por los caminos de Judea sanando enfermos, liberando de espíritus inmundos, consolando a los tristes, devolviendo un hijo a una madre llorosa, compartiendo el pan y los salmos, hablando a las multitudes, formando a sus discípulos, desde su Pasión, Muerte y Resurrección. Y así hasta nuestros tiempos en los que hemos podido tocar con nuestras propias manos su amor y su misericordia infinita.




