Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

Es una fiesta grande la que celebramos hoy, “Corpus Cristi” fiesta solemne de la Iglesia. Cuando muere Jesús su cuerpo está agotado, no tiene fuerzas. También se ha quedado sin sangre, la ha ido perdiendo a lo largo del camino, de manera que cuando muere su cuerpo está totalmente agotado y sin sangre. Es un acto sublime de Amor que ha dado la vida por toda la humanidad. “Nadie da testimonio más grande de amor que el que da su vida por los demás”.

Los padres apostólicos fueron discípulos de los apóstoles. Los que recibieron las enseñanzas de primera mano y son fidelísimos al transmitirlas. Con una sensibilidad exquisita nos relatan la presencia real de Jesucristo en el pan y en el vino consagrados. Su origen es la última cena: “El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, dio gracias, lo partió y dijo: Este es mi Cuerpo, que se entrega por vosotros” Después de la cena, tomó la copa diciendo: “Esta copa es la Nueva Alianza que se sella con mi sangre. Siempre que lo hagáis, hacerlo en memoria mía”.

En unos textos bellísimos de San Ignacio de Antioquia, discípulo de San Juan Evangelista Nos invita a los cristianos a imitar a Cristo, como Él imito al Padre. Esa imitación ha de ir más allá de seguir sus enseñanzas, ha de llegar a imitarle especialmente en su pasión y muerte; es de ahí de donde nace en Ignacio su ansia por el martirio: <<soy trigo de Dios, y he de ser molido por los dientes de las fieras, para poder ser presentado como pan limpio de Cristo>>. Por otra parte, esa imitación viene facilitada porque Cristo vive en nosotros como en un templo y nosotros llegamos a vivir en Él; por eso los cristianos estamos unidos entre nosotros, porque estamos unidos a Cristo.

La Iglesia ha mantenido a través de los siglos esa fidelidad apostólica al enseñar que Cristo está realmente presente en el sacramento de la Eucaristía. Eucaristía tiene expresiones gozosas y bellas en el pueblo de Dios. Procesiones con calles engalanadas ante la presencia del Señor. Múltiples celebraciones por sucesos ocurridos, de manera misteriosa, de su presencia real.

Poned empeño en reuniros más frecuentemente para celebrar la eucaristía de Dios y glorificarle. Nada hay más precioso que la paz, por la cual se desbarata la guerra. Nada de todo esto se os oculta a vosotros si poseéis de manera perfecta la fe en Cristo y la caridad, que son principio y termino de la vida. La fe es el principio, la caridad el término. Las dos, trabadas en unidad, son Dios, y todas las virtudes morales se siguen de ellas. Nadie que proclama la fe peca, y nadie que posee la caridad odia. El árbol se manifiesta por sus frutos. Así, los que se profesan ser de Cristo, se pondrán de manifiesto por sus obras.

La caridad es amar a modo divino, nuestro amor ha adquirido una dimensión divina, puesto que tenemos que amar “cómo” Jesús nos ha amado, nuestro amor se transforma y enaltece.

La caridad no se mueve entre fantasías sino entre realidades. La caridad no descansa ni hace el mal a nadie, hace todo el bien que puede a todos. Nunca es superficial ni frívola, sabe escuchar a Dios a través de las voces de los demás, incluso los que odian. La caridad no dice nada, obra. La caridad no tiene fronteras de razas ni edades, ni de condiciones sociales.

Hoy es fiesta del amor fraterno, proclamado por calles y plazas, Jesús lo había dicho cuando fundó la Eucaristía; “amaos unos a otros como el Padre me ama a mí y Yo a vosotros”. No es suficiente amar a los demás con las corta fuerzas de nuestro corazón humano, debemos amarlos como Dios nos ama. Si tratamos de amar como Dios lo hace a nuestras comunidades y a nuestro entorno habrá menos injusticias no faltará la ayuda ni el consuelo, no faltará el amor, la amistad. Si lo hacemos, haremos ya un espacio de alegría y paz en medio del mundo.

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«Toda caricia, por leve y fugaz que sea, que no...

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Es una fiesta grande la que celebramos hoy, “Corpus Cristi” fiesta solemne de la Iglesia. Cuando muere Jesús su cuerpo está agotado, no tiene fuerzas. También se ha quedado sin sangre, la ha ido perdiendo a lo largo del camino, de manera que cuando muere su cuerpo está totalmente agotado y sin sangre. Es un acto sublime de Amor que ha dado la vida por toda la humanidad. “Nadie da testimonio más grande de amor que el que da su vida por los demás”.

Los padres apostólicos fueron discípulos de los apóstoles. Los que recibieron las enseñanzas de primera mano y son fidelísimos al transmitirlas. Con una sensibilidad exquisita nos relatan la presencia real de Jesucristo en el pan y en el vino consagrados. Su origen es la última cena: “El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, dio gracias, lo partió y dijo: Este es mi Cuerpo, que se entrega por vosotros” Después de la cena, tomó la copa diciendo: “Esta copa es la Nueva Alianza que se sella con mi sangre. Siempre que lo hagáis, hacerlo en memoria mía”.

En unos textos bellísimos de San Ignacio de Antioquia, discípulo de San Juan Evangelista Nos invita a los cristianos a imitar a Cristo, como Él imito al Padre. Esa imitación ha de ir más allá de seguir sus enseñanzas, ha de llegar a imitarle especialmente en su pasión y muerte; es de ahí de donde nace en Ignacio su ansia por el martirio: <<soy trigo de Dios, y he de ser molido por los dientes de las fieras, para poder ser presentado como pan limpio de Cristo>>. Por otra parte, esa imitación viene facilitada porque Cristo vive en nosotros como en un templo y nosotros llegamos a vivir en Él; por eso los cristianos estamos unidos entre nosotros, porque estamos unidos a Cristo.

La Iglesia ha mantenido a través de los siglos esa fidelidad apostólica al enseñar que Cristo está realmente presente en el sacramento de la Eucaristía. Eucaristía tiene expresiones gozosas y bellas en el pueblo de Dios. Procesiones con calles engalanadas ante la presencia del Señor. Múltiples celebraciones por sucesos ocurridos, de manera misteriosa, de su presencia real.

Poned empeño en reuniros más frecuentemente para celebrar la eucaristía de Dios y glorificarle. Nada hay más precioso que la paz, por la cual se desbarata la guerra. Nada de todo esto se os oculta a vosotros si poseéis de manera perfecta la fe en Cristo y la caridad, que son principio y termino de la vida. La fe es el principio, la caridad el término. Las dos, trabadas en unidad, son Dios, y todas las virtudes morales se siguen de ellas. Nadie que proclama la fe peca, y nadie que posee la caridad odia. El árbol se manifiesta por sus frutos. Así, los que se profesan ser de Cristo, se pondrán de manifiesto por sus obras.

La caridad es amar a modo divino, nuestro amor ha adquirido una dimensión divina, puesto que tenemos que amar “cómo” Jesús nos ha amado, nuestro amor se transforma y enaltece.

La caridad no se mueve entre fantasías sino entre realidades. La caridad no descansa ni hace el mal a nadie, hace todo el bien que puede a todos. Nunca es superficial ni frívola, sabe escuchar a Dios a través de las voces de los demás, incluso los que odian. La caridad no dice nada, obra. La caridad no tiene fronteras de razas ni edades, ni de condiciones sociales.

Hoy es fiesta del amor fraterno, proclamado por calles y plazas, Jesús lo había dicho cuando fundó la Eucaristía; “amaos unos a otros como el Padre me ama a mí y Yo a vosotros”. No es suficiente amar a los demás con las corta fuerzas de nuestro corazón humano, debemos amarlos como Dios nos ama. Si tratamos de amar como Dios lo hace a nuestras comunidades y a nuestro entorno habrá menos injusticias no faltará la ayuda ni el consuelo, no faltará el amor, la amistad. Si lo hacemos, haremos ya un espacio de alegría y paz en medio del mundo.

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