XVI Domingo del tiempo ordinario

La intención es lo que cuenta

El capítulo 13 del Evangelio de Mateo nos presenta a Jesús a orillas del lago enseñando en parábolas. La mayoría de éstas referidas al mundo agrícola. De entre ellas, hoy leemos la que se conoce como la del trigo y la cizaña. La palabra cizaña viene del griego zizanion, una gramínea particularmente perjudicial a los cereales y famosa por causar una especie de embriaguez. El trigo y la cizaña son tan similares que al principio de su desarrollo es difícil distinguirlas. Pero el fruto de ambas es muy diferente: la cizaña suele ser parasitada por un hongo tóxico, el cual suele producir una toxina que se acumula en el grano, con graves consecuencias para la salud si se mezcla con el trigo.

Con el tiempo, popularmente la frase “sembrar cizaña” se ha utilizado para referirse a crear división o discordia entre personas. A veces, pequeños comentarios son como esas semillas de cizaña, que al principio no se distinguen de la verdad hasta que hacen su efecto tóxico. Y es difícil, una vez sembrada la discordia, recuperar la confianza o distinguir qué es verdadero y qué es falso.

Pero, tarde o temprano, la verdad reluce, y lo que es trigo se reconoce por su fruto y lo que es cizaña, también. Por eso el señor de la tierra deja que pase el tiempo para que las cosas se esclarezcan y lo que es cizaña pueda ser arrancado y quemado y lo que es trigo se conserve y se aproveche. A propósito de esto, nos resuena esa otra frase evangélica: por sus frutos los conoceréis.

Tanto desde la figura de pastor, como de sembrador o pescador, Jesús nos muestra actitudes siempre compasivas, pacientes, sabias… y a la vez radicales y contundentes cuando se trata de buscar y hablar desde la Verdad. La tendencia a hacer daño siempre ha estado presente en el mundo, lo comprobamos dolorosamente en este comienzo de siglo XXI. Sería ingenuo y hasta inconsciente pensar que puede acabarse con el mal de una vez por todas. La imagen de San Jorge conteniendo al dragón es una muestra.

En todo caso, la cizaña como tal no tiene voluntad de hacer el mal, es “utilizada”, puesta allá para sembrar discordia. Es el uso que se da a las palabras, las acciones, las personas, las que ocasionan división. El Evangelio, que es un universo en sí donde unos versículos se relacionan con otros aparentemente lejanos, nos muestra en otro apartado a Jesús proclamando: no es impuro lo que entra por la boca, sino lo que sale del corazón. Es decir, la intención con que se hacen las cosas determina el fruto de las acciones. La cizaña no es “la mala”, el que es perjudicial es aquél que la ha sembrado para dañar la cosecha.

Nosotras, nosotros, podemos ser esos que siembran cizaña consciente o inconscientemente. Es vital asumir las consecuencias de nuestras palabras y nuestros actos y valorar si ayudan a unir o a dividir, si sacan lo mejor de las personas que nos rodean o sirven para difamarlas y hacerles daño. Muchas veces esta visión sobre nuestra manera de ser y actuar necesita perspectiva. Requiere ser mirada desde la soledad y el silencio para discernir qué aportamos a la convivencia, a la ecología, a la economía, al bienestar propio y al compartido. La intención sí es lo que cuenta, porque lo que nosotros sembramos será lo que recogeremos o lo que otras personas recogerán.

Poeta

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