
Hoy, 4 de octubre, celebramos a san Francisco de Asís, santo amigo de muchos. Y para algunos, este día tiene además un significado especial: hace 12 años inaugurábamos Murtra Galilea, un lugar pensado para parar, hacer silencio, estar a solas y volver a escuchar lo que de verdad importa.
Cuando leo este Evangelio hay palabras que se me quedan dentro: cuidar, confiar, dar fruto.
El dueño de la viña la prepara con cuidado. La cerca, cava el lagar, construye la torre. Hace todo lo necesario para que pueda dar fruto. Después se marcha y confía la viña a unos labradores. No es suya, pero tienen la responsabilidad de cuidarla y hacerla fructificar. Muchas veces vivimos como si todo dependiera de nosotros, como si tuviéramos que controlarlo todo, producir, hacer, resolver. Pero se nos olvida que la vida se nos ha dado, que no nos la hemos dado nosotros.
La vida también es un poco eso. No somos propietarios absolutos de nada. Se nos confían personas, oportunidades, capacidades, lugares, tiempo. Y en algún momento tendremos que preguntarnos qué frutos ha dado todo aquello que hemos recibido.
Para dar fruto hay que cuidar la viña. Y cuidar necesita tiempo. Por eso, el silencio es tan importante, permitiéndonos poner todo en orden, evitando el ruido, las tareas, las preocupaciones, las cosas que hacer, que dejamos de escuchar. Y cuando dejamos de escuchar, también podemos dejar de reconocer.
Para mí, el silencio puede ser el lugar donde volvemos a escuchar al dueño de la viña, donde podemos preguntarnos: ¿qué se me está pidiendo?, ¿qué fruto estoy dando?, ¿qué estoy cuidando?, ¿qué necesito soltar?, ¿qué he de sostener?
La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Lo que parecía pequeño, inútil o prescindible termina siendo lo que sostiene todo. Esta parábola me anima a descubrir que aquello que se puede considerar poco productivo, como parar, callar, contemplar, estar solos o escuchar, puede convertirse precisamente en aquello que nos sostiene.




